Andrea Winkler, Viena (A)

Nacida en 1972 en Freistadt/OÖ; reside en Viena. Estudios de Filología Germánica y Teatro. Varios años de actividad en trabajos para jóvenes y formación para adultos.

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Desde la hierba

 

Una vez que haya puesto el pie en la pradera, la mano acariciará la hierba alta, sólo las puntas, y yo levantaré la cabeza y diré sí, en efecto, mi mano, mi mano marcadamente real. Quizás me recogeré el pelo detrás de las orejas, para poder imaginarme mejor la respuesta, una voz grave desde la alta hierba en dirección al cielo, y cuando dice algunas palabras casi se extingue. Durante todo el camino hasta el árbol la mano no hará otra cosa, y yo tampoco. Durante medio kilómetro  o durante uno entero en que el árbol no está ni más lejos ni más cerca, yo diría mi mano, mi mano marcadamente real, y a cada instante me recogería el pelo detrás de las orejas, en espera de la respuesta. Una vez que haya puesto el pie en la pradera –algo que no se puede posponer más tiempo–, en un ambiente de puro verde, nada más que verde, el verde me recordará las cercas y arbustos del jardín que yo sobrevolaba de ida y de vuelta en mi columpio, mientras exclamaba: ¡El mar! ¿Lo ve usted? ¿Y oye el pitar del barco que está por levantar anclas en el puerto? Como si no hubiera sabido que se trataba de un tren que llegaba a la estación, que la estación era una de las más pequeñas del mundo, y que el sonido que el tren emitía hasta el jardín casi quedaba atrapado en los arbustos que lo limitaban. El barco, ¿lo oye usted? ¿Oye venir el barco? Así hablaba mientras cambiaba el gris por el azul y así me columpiaba en dirección a uno que estaba cerca, aunque era de piedra, con un gorro caído sobre la frente. Siempre se había quedado ahí, nunca se había ido, le corría agua por las mejillas y nunca penetraba en la piel, nunca la enrojecía, nunca la salaba. Durante un rato di saltitos a su alrededor como un pájaro, desde al alféizar hasta la mesa, desde la mesa hasta la cómoda, para servir más vino, y más tarde salí de la habitación por las escaleras hasta el desván. Me gusta estar aquí, de donde proviene el misterioso ruido, me gusta dormir allí arriba, donde me das miedo. ¡Y luego ver que no he perdido mi pierna! Hasta aquí dentro ruge el mar, ruge en los golpeteos acompasados de una vara de metal que está en la puerta cerrada. Una y otra vez voy hasta allí, no puedo hacer otra cosa, tampoco aquí, donde dejo que la mano acaricie la hierba alta, levanto la cabeza y exclamo, mi mano, mi mano marcadamente real. Mi mano se acercará conmigo al árbol, trepará el tronco y la corteza, sin embargo, tal vez quiera hacer otra cosa, quiera, como en aquella época, envolverse en una soga y saber qué hay que hacer, a saber, nada, casi nada. Ahora coloco el pie en el camino, ando y ando y recojo el pelo detrás de la oreja para poder oír mejor la voz grave desde la hierba en dirección al cielo, quizás. Una vez le pregunté sin parar: ¿Recuerdas que…? ¿Se acuerda usted de cuando me vino a buscar? Preguntarle eso a una voz, a un eco, ¡nada más! ¡Dirigirse a un eco como si éste luego tomara de nuevo una forma, un cuerpo con contornos claros, que se podría acariciar de modo tan real como la hierba! De tanto en tanto crece casi hasta metérseme por la boca y la nariz, casi hasta la coronilla.  Entonces sí que se oye el rugido y me exhorta, con el golpeteo alrededor que se vuelve más fuerte en medio del rugido, a apretar los talones más firme contra el suelo, porque así en algún momento la voz se convierte en una cueva en la que me puedo echar. ¿Una cueva lejos, afuera, con una pequeña grieta por la que entra luz? ¿Una luz en la que hundo mi mano para que la pared me de un reflejo, un soplo de sombra? Así oiría mi voz más claramente, así ella me daría una respuesta: ¿Te gustaría volver a hablar alguna vez desde un cuerpo? ¿Te gustaría sentir piel a tu alrededor, cabellos, una mano, una mano marcadamente real? Ahí se rió como antes mientras dormía, fuerte, a los gritos, lejos de cualquier lloriqueo que, aunque parezca lo contrario, quizás nunca se produjo. Permanece igual que todo lo demás, igual que el barco, que era un tren, el crujido de la madera en el ir y venir del columpio, el agua que corría por las mejillas y goteaba formando perlas, como si todos fueran de piedra. ¡Cada gota, el mar, créame! ¡Cada sonido de la estación casi más pequeña del mundo, un llamado a la cerca! ¡Espíe usted a través y no verá más que el viento producido por todo el movimiento, el ir y venir de los cabellos, de las piernas, del largo chal alrededor del cuello, todo ese teatro por nada! El que jugaba al león se quedó tirado en la arena y ahora lloriquea por mí, lloriquea por todo el malentendido, porque él ha rugido demasiado fuerte y demasiado a menudo. ¿También porque he venido demasiado a menudo, pese al rugido que debía servirme de advertencia?  Tal regreso aumenta el temor y paraliza al que está acostumbrado a colarse en los oídos de todos para luego, como si fuera alguien totalmente distinto, dejar caer la cabeza sobre el plato. ¿Acaso él quiere huir adonde yo no estoy? ¿Y escapar por completo a mi vista? ¿Quiere que yo no diga ni “tú” ni “usted”?  Y que no oiga ninguna voz más, ninguna voz desde la hierba en dirección al cielo, ningún eco al que responder, en el que poder mezclar mi susurro. Será difícil seguir mi camino sin esa voz, sin ese eco, mi camino por la hierba alta hasta el árbol, para trepar allí, dejar vagar la mirada, lejos, lejos, y en algún lugar en medio del verde reconocer una mancha de color, un cuerpo que respira y se despereza al sol, cien por ciento viviente. Entonces formaría con mis manos un embudo para aumentar el volumen y de tanto en tanto hacer que crezca un poquito, realmente muy poquito, el murmullo: ¡El barco! El sonido que anunció al barco silbó desde una locomotora perteneciente a un pasado gris, silbó hacia mí, entró en mi jardín y abrió para ti puerta tras puerta, cuando aún estabas en la más remota lejanía, y no eras ni nube ni sombra. Nada más que un sonido, un tono, un remolino entre tren y barco, para mí, cada vez que  por un instante salto del columpio y corro sobre suelo firme hasta la cerca para pintar con mis ojos a través de ella un horizonte en el que una balsa viene flotando hacia mí. ¡Lo que faltaba! Eso me salva, me ayuda a permanecer fuera y más tarde a oír el misterioso ruido en el desván. ¿Viene también del rugido? ¿Del aquietarse de las olas en la arena? Entonces, en ese instante, tu casa flotó en el aire, estuvo dibujada en el aire, y me atrajo mucho antes que te encontrara, mucho antes que jugáramos al león y al pájaro, al león y a la mosca, y mucho antes que dejáramos de jugar por completo. ¿Podré preguntar otra vez sigue usted lloriqueando? ¿Confiaré otra vez en mis frases cuando dicen “tú” o “usted”? ¿Confiaré en mis preguntas que no buscan casi ninguna respuesta? Que la voz no muera por completo cuando se vuelve tan baja. Que su eco permanezca a mi alrededor, murmullo desde la hierba en dirección al cielo, un golpeteo que sale del rugido que en algún momento me oprimirá el tórax y me quitará la respiración sólo por un segundo. Ciertamente no es la primera vez que ando por aquí, ciertamente oigo todo esto una y otra vez. Acaricio con la mano la hierba y digo mi mano, mi mano marcadamente real. Nada salvo este contacto de ahora, nada salvo esta esperanza de ahora. Nada salvo el andar, paso a paso hacia el árbol, con alguien que falta y faltará mucho tiempo, tal vez siempre. Aun cuando me acurrucara en la copa e hiciera como si allí arriba pudiera actuar lo que me falta, rugiendo como un león, él no vendría. Y con razón. ¿Quién quiere oírse a sí mismo en el otro y al final sucumbir totalmente? Mejor presto atención paso a paso al camino, a la nube que va sobre mí, a la sombra que se desliza detrás como si tuviera miedo por mí, como si debiera protegerme, incluso aquí.  Y recojo el cabello detrás de la oreja con mi mano completamente real y le pido al suelo bajo mis pies que me recuerde la ráfaga, el viento que proviene del columpiarse, del mecerse de aquí para allá de las piernas que se acercan y alejan de la cerca. De verdad, tú eras para mí la cerca y más aun el agujero en ella, y eras el que estaba al lado y consideraba irreal el agua que goteaba del propio ojo. ¡No en un rostro de piedra! Esto me hizo empezar una y otra vez. Empezar a decir “tú”, a decir “usted”, y una y otra vez considerar por un instante como ineludible y verdadera la historia que llegó a mí contigo. ¿El destino de alguien que no tiene opción? ¿Del que no puede hacer otra cosa que abrir el portón y exclamar en la mitad de mis movimientos qué marcadamente verde es todo aquí, y ni un rastro de azul? ¡Y ningún rugido, tal vez sólo el susurro de las hojas en las ráfagas! Sólo que ya no puedo saltar hacia abajo, ya no puedo bajarme del columpio, no puedo seguir los gritos y al mismo tiempo, durante el viaje, creerle al silencio que me llevará directamente a la casa que tiene usted junto al mar y donde es posible conversar con los peces. Los peces se han ido y la sal de los labios se ha ido, y donde ahora camino y camino mi voz apenas puede mezclarse con la tuya y sucumbir a ella. ¿Recuerdas que…? ¿Te acuerdas de la travesía, de la infinita travesía de un lugar a otro, y te acuerdas del que no me entregó nada sino una piedra? Y, rápido, vete, dijo, vete antes que ya no puedas. ¿Realmente quieres oír el golpe acompasado contra la puerta del desván, un misterioso ruido que nadie produce? Y contener la respiración y probar si el rugido se conserva allí donde habita tu miedo. El miedo que abandonaste, el cuerpo que abandonaste, tu historia que se me metió hasta en los cabellos, que se me posó sobre el tórax, una historia que, dispersa en remolinos a mi alrededor, nadie me creerá: que primero me llegó un sonido, un tren, un barco, ¡a través del agujero en la cerca! ¡Que me llamó hacia ti, que me dibujó tu casa en el aire, como si pudieras entrar en ella dando un paso diminuto! Allí, dijo, yo podría ser pájaro, mosca, y estar junto a la ventana y reír cuando el grupo de autorizados se reuniera y en un segundo se pusieran de acuerdo sobre todo. Y de vez en cuando saltar de aquí para allá y servir más vino y reír un poco más bajo, porque todos me encuentran tan absorta, tan fuera de este mundo. ¡Salud! ¡Cómo les llama la atención que yo siga caminando y caminando, hacia el árbol, que acaricie con mi mano la hierba y la llame, a mi mano marcadamente real! ¡No dudo de nada, queridos invitados de días pasados, de nada! Desearé que todo hubiera ocurrido distinto y por más que camine así cien años y no avance nunca, recorreré con los dedos el dibujo de mi pie y lo sostendré más tarde como una hoja con las manos. Huella por huella apretar los talones firmes contra el piso, de modo que formen una cueva para mi voz, para el eco del eco y nada más. ¡Como si eso no fuera nada! ¡Como si todo ese teatro por nada malograra el lloriqueo del león! El león se cansará de la estepa y se echará cerca del agua, mucho más tarde, y otra vez después. No estaba acostumbrado a que la misma volviera siempre de modo diferente. ¡Un andar tan continuo! Hacia el árbol, hacia el árbol, donde las ramas se inclinarán hasta mí y me levantarán, me contendrán, por completo. Donde mis ojos se topan entre la hierba con una mancha de color que habrá estado esperando desde hace tiempo. ¿Hoy me reconoces? He oído por ti silbar el barco y llegar el tren, en la estación más pequeña del mundo. He caminado junto a la cerca y he cerrado los ojos. Así, las cosas tendrán otro aspecto, por cierto. Nada salvo este contacto de ahora, nada salvo esta esperanza de ahora. Nada sino mi mano, mi mano marcadamente real que de camino al árbol acaricia la hierba y sabe que no quiere mucho más. Sentir una soga, como antes, una poderosa ráfaga, la sal del agua que cae en perlas sobre la piel como sobre piedra lisa. ¿Le hablaba yo realmente a una piedra? ¿Repetía todo como si pregunta tras pregunta pudiera liberar un poco el rostro petrificado, el mentón congelado? ¿Aumentó esto el temor, el temor de quien casi hace añicos el miedo, el miedo al golpeteo de las varas metálicas contra la puerta del desván, el miedo al rugido? ¡Sólo un sueño, nada más que eso, sólo un sueño! ¿Y mi pierna, mi pierna que ya no siento, mi pierna, que arrastro al caminar? Ahora no, ahora no, ahora me recojo el pelo detrás de las orejas para que la voz no muera y algo más se eleve desde la hierba en dirección al cielo. Para que me tire hacia atrás cuando avanzo y me mande arriba del árbol, después. Allí me tapo los ojos con la mano, mi mano aún más suave a causa de los tallos de hierba, miro un rato largo en ninguna dirección, y no encuentro nada, ni la menor huella tuya, un camino que pueda andar una vez más. Árbol, puerta, cerca, agujero… eso no hace casi diferencia, todo reclama lo mismo de mí, un ahora para otro ahora, un remolino de polvo, tanta vida. Mi paso por aquí se convierte una vez más en una infinita travesía de un lugar a otro, en un viaje durante el cual le creo al silencio que me llevará directamente a la casa, la casa que usted tiene junto al mar. Esto sólo lo oigo cuando recojo el cabello detrás de las orejas, desde allí viene como eco el murmullo de los autorizados y los anteriores invitados, de los solemnemente reunidos alrededor de la mesa, que hacían de mí un sueño, una voz oscura que se inclina mientras da saltitos. ¿Habla ella todavía? ¿Se eleva entre la hierba como si tuviera patas de pájaro? ¿Se anima a dar otro pequeño salto? ¡Como yo una vez desde el columpio, una vez y muchas veces, siempre que el barco me llamaba al agua y el tren arribaba a la estación casi más pequeña del mundo! Y ese sonido me dibujaba una casa en el aire, una que yo más tarde creí tuya, una casa donde a veces la cabeza de alguien casi cae en el plato. ¡Estar tan fatigada! ¡Fatigarse tanto de un instante para otro! ¿Querer desaparecer? ¿Querer que ya no le hablen a uno en la propia casa? ¿Querer que la voz muera, el eco del eco, que retumba tan fuerte en los oídos? Por eso mejor terminar silenciosamente, silenciosamente, poner término, poner atención a la mano, mi mano real que acaricia la hierba, se olvida y olvida la respuesta en virtud de la cual recojo el pelo detrás de las orejas. Un camino continuo, nubes que van sobre mí, una sombra que se desliza a mis espaldas como si estuviera preocupada por mí. ¿Me giro hacia ella y le pido que no tenga más miedo? Y bajo los hombros, porque ella entonces debe quedarse quieta. Y yo debo seguir andando, hacia el árbol, y, antes de trepar por el tronco, apoyar un instante en él mi espalda, para descansar y no pensar más sobre lo que tenía planeado. ¿Y si me engaña otra vez el cuerpo que respira en la hierba? ¿Si el rostro que apunta al sol me ciega una y otra vez? ¿Y si otra vez considera que mi llamado, la llegada del barco, el arribo del tren no son más que un sonido perdido de un pasado gris, ni siquiera suficientemente poderoso para formar remolinos de polvo? El polvo de la historia de alguien que no podía sino  pintarme una casa en el aire, en el azul, del cual él afirmaba que era verde y nada más que verde, verde como las cercas y los arbustos a mi alrededor. Dar vida a semejante cuadro, despertar en semejante cuadro, como si no hubiera ningún otro, como si fuera inevitable habitar esa casa. Me dejo caer de inmediato  hacia atrás, en la sombra que no me suelta, que se queda conmigo, aunque invisible. A ella regreso cuando ya he alcanzado el árbol y su cima me parece infinitamente lejana. Entonces podría balancearme sobre mis manos, apretar con firmeza las piernas contra el tronco, hacer que mi cara enrojezca y contraer el abdomen. Juntar todas mis fuerzas y sacudirlas cuando te vea respirar en la hierba y yo me ponga las manos sobre la boca y no exclame más “¿Oyes  hoy el barco y el tren desde la hierba en dirección al cielo?” Un sonido, que casi muere y, suave como ya es, se mezcla con el golpeteo de las varas de hierro contra la puerta del desván. ¡Ojalá tú la abras por mí! Allí arriba sigue el ruido misterioso y el teatro, allí te aguarda el rugido, tu miedo. Un rato más, un rato más, durante más tiempo de lo que necesito para acariciar la hierba, y decir mi mano, mi mano marcadamente real. Mi mano, que todavía siente la soga del columpio del que ya no puedo saltar. Ya no puedo ser pájaro, mosca, e inclinarme y dar saltitos, como si nada más contara. ¿Y si no durara mucho tiempo más y yo ni siquiera pudiera imaginarme de nuevo el lloriqueo, por última vez? ¿Si todo desapareciera enteramente de mi campo visual, yo, tú, la caída de la cabeza sobre el plato, de puro cansancio, de puro desconcierto, porque todo esto sucedió realmente y durante un rato no habrá ni un soplo de sombra en la pared? La sombra viene cuando hundo los talones más profundo en el suelo y ellos forman una cueva para la voz, para el eco que no quiero perder. El eco me une con el engaño primerísimo, bello, con el tren que no era un barco, con la estación más pequeña del mundo y con la cerca, en la que el mar rugía y rugía. Hacia allí caminaba y a través miraba un horizonte, en el que una balsa viene a mi encuentro. ¡Lo que faltaba! Me salva cuando ya no veo más nada y debo arrastrar mi pierna, junto a la sombra, que no llega a respirar y continuamente se falta a sí misma. Ahora quizás no, ahora que hace tiempo olvidé dónde se encuentra. ¡Supongo que no en la hierba! ¿Y ningún tórax sube y baja? ¿Ninguna gota de agua enrojece y sala la piel? ¿Y también el árbol será un arbusto y no estirará hacia mí sus ramas? ¿Qué importa? Recojo mi pelo detrás de las orejas para poder imaginarme mejor la respuesta, la pulverizada historia de alguien cuya casa estuvo por un instante en el aire y en la que yo más tarde no volví en mí. Sucumbir, pero  decir mi mano, mi mano marcadamente real. Mi mano, que en algún momento, cuando se vuelva más débil, cuando algo suba desde la hierba, se enlazará a la soga del columpio y me unirá con la pradera en la que paso a paso camino hacia el árbol. ¡Un andar tan continuo! Desearé que todo hubiera ocurrido distinto, pero no dudaré de haber vuelto para acariciar con la mano la hierba y recoger el pelo detrás de las orejas. Así quizás oiga la respuestas, cuando la voz se interrumpa y calle. Y contengo el aliento, un Ahora por otro Ahora, el primer engaño, que se adelantó al tuyo: ¿Oyes el sonido que abre puerta tras puerta para ti, que me invita a saltar del columpio, mirar a través de la cerca y dibujar en el horizonte una casa, una balsa, una residencia para más tarde?   

 

Traducido por Nicolás Gelormini

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